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10 de Diciembre de 2007
Nuevas costumbres turísticas en tiempos globales
La gente, acostumbrada a cierta comodidad e infraestructura en su vida cotidiana, decide “sacrificar” esos beneficios a la hora de tomarse vacaciones, para las cuales elige destinos y hoteles que significan privarse del confort que tiene durante el año. ¿Qué produce este fenómeno?
Escaparle a la rutina, los circuitos turísticos y las comodidades cotidianas es una tendencia en alza entre los viajeros.

A lo largo de la historia, los viajeros han sido considerados grandes aventureros. Los novelistas les dedicaron millones de páginas y los mismos protagonistas de las hazañas dejaban correr historias fantásticas sobre sus travesías, que seguían transmitiéndose de generación en generación. El viaje era considerado una exploración, un traslado hacia un punto incógnito, que implicaba tomar una ruta llena de contratiempos desconocidos.


Hoy, la situación es exactamente opuesta. Globalización mediante, uno puede comer el mismo Big Mac a la vuelta de su casa o en el otro extremo del mundo, alojarse en un cinco estrellas muy parecido al que utilizó días antes para un almuerzo ejecutivo en su ciudad y tener a mano un guía que hable el idioma materno.


No obstante (o, mejor dicho, tal vez debido a esto), aparece una tendencia cada vez más marcada a viajar sin programación, sin paquetes, sin tours que nos indiquen dónde tenemos que estar a cada hora. Incluso, están teniendo cada vez mayor éxito destinos con una infraestructura precaria (como Cabo Polonio en Uruguay, Fernando de Noronha en Brasil o Isla Providencia en Colombia, por nombrar sólo algunos, cuyos hoteles son muy sencillos y no tienen ni luz eléctrica ni agua corriente) o muy por afuera de los circuitos turísticos tradicionales (como Botswana o Myanmar).


En las grandes ciudades, los hoteles boutique (y hasta los hostels juveniles) se imponen en los gustos de muchos visitantes por sobre los establecimientos de cadena y en todos los rincones (incluso en aquellos donde no hay ningún “atractivo turístico”) aparecen extraños blandiendo mapas desplegables y sacando fotos.


¿Por qué ocurre esto?


El boom del turismo anti-paquete puede tener un origen antropológico, significar un retorno hacia ese viaje como exploración que mencionábamos al principio. Algunos puntos clave son:


» Libertad de movimientos. Cuando se contrata un paquete, en general el visitante conoce sólo aquello que los tours incluidos le muestran, se detiene donde el autobús frena y hasta saca las fotos en los puntos que le señalan. En cambio, el turismo anti-paquete propone perderse en las ciudades, caminar, investigar sitios mínimos con algún interés distintivo.


» Ruptura de la rutina. Los eventos corporativos suelen hacerse en hoteles cinco estrellas. Muchos almuerzos ejecutivos, también. ¿Cómo hacer, entonces, para sentir que uno está vacacionando y no entrevistándose con un nuevo cliente? Utilizando alojamientos alternativos o yendo directamente a destinos que no tengan hoteles lujosos.


» Conocimiento de la cultura. Con frecuencia, un tour “paquetizado” implica subirse todos los días a un micro con la misma gente que, casi con seguridad, vive en la misma ciudad que uno. Los viajes anti-paquete proponen mezclarse con la población del lugar: conversar sobre sus problemas cotidianos, obtener recomendaciones de lugares a visitar, conocer de primera mano la situación social, política y económica del sitio… Además, es cierto que todos los Four Seasons de Tailandia deben tener un restaurante thai, pero también es verdad que en ellos seguro no se come como en uno de la calle, esos que los lugareños utilizan regularmente.


» Desconexión. Las empresas de telefonía móvil y de tecnología nos muestran todo el tiempo en sus publicidades las ventajas de estar conectados las 24 horas del día. Los equipos Blackberry, sin ir más lejos, permiten a una persona en viaje llevar consigo su oficina en un aparatito apenas más grande que un teléfono celular. Esto puede parecer sorprendente y maravilloso, aunque si uno está de vacaciones, lo mejor es no tener contacto con el trabajo. Así, destinos que no proveen la infraestructura adecuada como para seguir conectados garantizan que nadie va a molestarnos y que tampoco caeremos en la tentación de ver qué pasa con los negocios.


Las personas ponen mucho esfuerzo por obtener un nivel de confort en sus vidas cotidianas. Sin embargo, cada vez más, renuncian a él cuando deciden emprender un viaje. Es que los verdaderos placeres de estar en un sitio desconocido, con su cultura, su gastronomía, su gente y sus misterios, van mucho más allá de una cama king size o de un fácil acceso al wi-fi.


Colaboración: Walter Duer


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