Click para volver a la página principal
                   
 
 
 

24 de Octubre del 2010

RECORRIDO POR EL GOLFO DE URABA





                                                                              Introducción


 


Salí el 29 de diciembre rumbo a San Francisco, en el Golfo de Urabá, en la zona noroccidental de Colombia, allí donde el Tapón del Daríen (una de las reservas de mayor biodiversidad en el mundo) se manifiesta, majestuoso. Partí en compañía de mi amada Silene, mi actual pareja, y el hijo de ella Juan José, de 7 años, también amado. Quienes me leen deben saber que es mi primera experiencia en familia, que siempre había viajado como errante solitario, como persona en busca de oráculos escondidos, de arpías dulces, de misterios  exóticos. Pero bueno, ahora las cosas han cambiado….sólo un poco.


El trayecto hasta alcanzar la costa Caribe desde Cali lo hicimos en autobús, que nos dejó en Turbo, en donde abordamos una lancha por mar que nos depositó en el pueblo franciscano,  donde habíamos reservado una cabaña en la eco aldea Dobaibe, frente al mar, en la orilla occidental del golfo de Urabá (los eruditos de la zona aseguran que en 1505 se fundó cerca de Turbo el asentamiento de Necoclí, el primer villorio de los españoles en territorio continental sudamericano). No hubo incidencias en el viaje en bus, fue un viaje regular, donde nos reímos, nos dormimos de a ratos y nos tiramos una carga inercial de gases tímidos pero potentes, que seguramente causaron cierto malestar entre nuestros acompañantes de poltrona, que sólo atinaban a buscar culpables entre los inocentes.


                                                                              Turbo


En la margen oriental del Golfo surge Turbo, una ciudad postrada en una especie de Río Mar, donde se asienta el puerto cuasi fluvial, cuyo paisaje se asemeja a una postal del África de mediados del siglo XX: un mar de negros gruesos de edad incierta y mirada afilada esperando la jubilación cargados de escepticismo, editando juegos de mesa al aire libre a toda hora, regados de cerveza, y un mar de negras de culos despóticos, excéntricos y altisonantes, desparramando sus caderas un ula ula bamboleante que no llegaba sino hasta las cercanías de mi inmediata custodia, Silene, que despachaba los contoneos irreverentes provista de  un rostro fino, símil al  de Belalcázar, de franca demarcación territorial. Esperamos. Como dos horas esperamos en el muelle precario, porque la lancha marítima debe partir completa a San Francisco y puertos subsiguientes, hasta el momento en que subimos a aquella cuyo destino final era Sapzurro, el último puerto caribeño colombiano antes de entrar en territorio panameño (sí, yo también pensé lo mismo, que el “oye pana, oye brother” de Machito Ponce, aquel cantante argentino de Barracas que se  impostaba panameño, debe de provenir de  la palabra Panamá, pero mejor volvamos a Colombia).


Los viajes en lancha por mar son como las revisaciones médicas del servicio militar o los campos de concentración nazis: no valen allí los títulos universitarios, nobiliarios, los doctorados honoris causa,  ni el abultado saldo de una cuenta bancaria, tu prestigio en sociedades secretas o públicas o tu destreza amatoria de semental aburguesado, sos un simple energúmeno, una simple ficha que puede caer al agua y ahogarse en cualquier instante, por eso creo que la camaradería lograda con el pasaje no fue más que una convulsión  catártica del “acuático” miedo a la muerte. En efecto, la gente conversa, se pasa el chaleco salvavidas hasta dar con aquel que cubra el volumen de su barriga urbana y –fíjense qué curioso- al salvavidas en Turbo lo llaman salvamuertos (…) yo pregunté a la multitud, en todo caso, si ha existido alguna vez un chaleco que hubiera podido salvar a un hombre ya muerto, pero un eco anodino, un silbido ausente, obtuve por toda respuesta. Mi hijo postizo Juan José no daba crédito a sus ojos: él no conocía el mar sino por fotos, sueños de vidas anteriores o malos cortos publicitarios, él lo miraba todo por medio de sus ojos aviesos, traviesos, como queriendo digerir el agua marina en una sola pasada. Silene, en tanto, como dice Juan José, queda lenta y perezosa cuando se enfrenta a la naturaleza, entonces me pareció verla extraviada, su tiempo, su belleza y rostro, en la lontananza, quizás admirando el contorno de una ola, pensando en noches locas, en frases calmas, o en el budismo Zen dentro de un reciclado tropical. A los lancheros no les interesa en absoluto que vos vayas como sardina en lata, ellos deben recaudar lo máximo posible porque el mundo podría acabar en la siguiente borrasca (y tendrán que mantener sus vicios en el infierno), deben meter la mayor cantidad de gente por viaje en estos cascarones enclenques aunque los pasajeros pierdan sus riñones, se fracturen dos costillas o pierdan la virginidad por tanto apretuje accidental. Pese a todo ello, nos abandonaron ilesos en el muelle de San Francisco después de sortear  durante dos holgadas horas el Golfo de Urabá como saltimbanquis, capeando olas a fuerza del traqueteo implacable de nuestros traseros contra los asientos estrechísimos, cabildeados por la audacia del estilo de  manejo del lanchero, que se llamaba Brígido (quien deformaba el español volviéndolo un dialecto incomprensible), hombre de anteojos oscuros,  con los que  tal vez consiguiera ocultar sus obsesiones y los estragos de la rumba infinita.


 


                                                                              San Francisco-Escena I


 


Es hermoso ser acogido por eco-aldeanos. Marta y Martín son los propietarios de la Eco-Aldea Dobaibe en San Francisco, gente como usted, como yo, que se han reconvertido  y aprendido a disfrutar las simples combinaciones de una vida austera: la anchura de una buena sonrisa, un exquisito plato de pescado recién capturado, la conversación amena y desprejuiciada, una excelente tarifa de alojamiento y comida acorde al presupuesto de aquellos que sólo pretenden desconectarse de los computadores portátiles. Su hija Luisa de doce años, como el paisaje (empinada y salvaje), colaboraba también para que todo fuera un distraer de los sentidos. Ubicada frente al mar, la eco-aldea despunta en medio de una selva virgen que osa acaparar al mar por medio de espasmos leves, suaves, queriendo, asimismo,  provocar al visitante con sus árboles de verde follaje, pero maduros en cuanto a experiencias en donde la brisa del mar se funde con la savia acumulada en el regazo de la divinidad. Nos tocó  una cabaña pequeña y armónica, construida en madera de la selva local, dotada de un camarote y una cama matrimonial en la cual anidaban, difuminados, nuestros sueños de alcoba. Silene bendijo estas comodidades básicas a través de un asentimiento sereno, coronado por un beso sobre mi calva apenas poblada por la transpiración veraniega y los últimos soldados capilares, defensores de un bastión ya arrasado. Desempacar fue un acto breve, pues nada habíamos traído más que trajes de baño y ganas de bucear, tomar sol y broncearnos bajo este sol que a veces es tan inclemente como la lluvia que viene después. En total no había más que seis cabañas para familias, amén de un puñado de mochileros jóvenes, estoicos y deshilachados, que habían ya estaqueado sus carpas a metros de nuestro refugio. Toda una gente que, en principio, enarbolaba los postulados del amor libre y la paz duradera, los libros de Osho y algún que otro cigarrillo de marihuana oculto en sus mochilas de marca bizarra. Estábamos, empero, muy satisfechos, sobre todo cuando Juan José se lanzó a la mar por primera vez en su vida, y empezó a chapotear, a barrenar las olas blandiendo  un estilo sólo adecuado para tapar oídos y gemir en virtud de la elegancia del momento, por el elíxir encontrado, esperado ansiosamente durante las dieciocho horas que permanecimos en los buses interdepartamentales (atravesamos Valle de Cauca, Caldas, Antioquía hasta el departamento del Chocó, donde está San Francisco) de camino a la eco aldea.


No había horarios sino para comer. Silene era la encargada de preparar el bolso para ir a la playa todas las mañanas, en el que no debía faltar el frisbee, el bronceador, el bloqueador, mi billetera (porque parece que soy el hombre de la casa), el balde y los autitos para que juegue Juan José en la playa, las lonas para acostarnos en la arena y las antiparras para bucear en el mar los vestigios del tiempo. Yo, por mi parte, era el encargado de hacerle la contraseña a Silene para ir a hacer el amor, y eso podía ocurrir a cualquier hora del día, porque Juan José, entre el inquilinato temporario, había hallado amiguitos de su misma edad, que lo lanzaban a más de setenta metros de nuestra cabaña a jugar partidos de fútbol que duraban mucho más de lo que un coito ornamentado por  ingredientes quijotescos pudiera arrastrarse hasta un orgasmo marítimo. Y siempre alcanzábamos a higienizarnos antes que Juan José volviese todo sucio a la cabaña, reclamando su almuerzo, la cena, atención o bien explicaciones a sus sospechas de intimidad consumada.  Los niños son los mejores agentes secretos, y los peor pagados.


 


Para no entregarnos a la monotonía, organizamos una serie de paseos por pueblos aledaños, lugares hasta donde mis contactos llegaban,  languidecían o desaparecían. Es que un Juan José fascinado, preso de su energía vital en el punto más álgido, precisaba de intervalos de fascinación crecientes, día tras día. Por eso lo llevamos a Capurganá, el lugar que acaso se publique con mayor asiduidad en las guías de turismo, porque es el más conocido, el que capta al turista masivo que quiere la ponencia de su humanidad obesa en hoteles cinco estrellas, en lugar de sentarse una noche luminosa a ver las estrellas.


 


                                                                               Capurganá


 


En Capurganá estaba Olga, una amiga de una amiga que parecía tener demasiadas amigas, que estaba hospedada en el Hotel Calypso y con quien había quedado vía e mail en encontrarnos a orillas del mar para saborear un café y una trompada (no se confundan aquí que la trompada es un bocadito, una  especie de pastel de coco revuelto en harina que hacía las delicias de nuestros paladares, cuando pedíamos postre). Pero Olga por algún motivo no hizo acto de presencia, no pudimos acceder a su persona a pesar de sugerirme por correo electrónico que era la mujer más famosa de Capurganá (quizás por razones filantrópicas, u otras más picantes). Nadie sabía de su existencia, ni la recepcionista, la encargada del restaurante, ni el jardinero, de quienes sé, por experiencia, que son los más chismosos y los mejor informados. ¿Su celular? Apagado. Subidos al carro de este desencuentro, nuestra estadía en este poblado hermoso fue sólo de unas horas. Decidimos enseguida enfilar a Sapzurro que, como buen rincón limítrofe, consigue catapultar hasta los mismos límites de la imaginación al visitante, que en este caso era una pareja binacional de edad mediana, llevando un niño llamado Juan José, que se embarcó en la lancha “La Gitana” extasiado, porque le había prometido que, apenas llegáramos a Sapzurro, iríamos a conocer Panamá, y visitar La Miel. No fue nada fácil el tema de cubrir sin registrar incidentes el cupo de La Gitana, ya que una recia disputa acaecida en  el pequeño puerto de Capurganá, nos entretenía: treinta y cinco personas pretendían caber en una lancha con capacidad para veinte y, como no había pasajeros planillados sino lancheros trasnochados cuyos vapores etílicos de la víspera entorpecían cualquier conato de organización de embarque razonable  (la noche anterior había sido treinta y uno de diciembre), los derechos de ingreso a La Gitana fueron dirimidos a punta de empujones, atropellos, actos de bravura, nepotismo subrepticio, calumnias  y clientelismo portuario de última hora. Había operaciones bajo cuerda, sin dudas. Por una zancadilla del destino, o bien porque el culo de Silene (el cual, habida cuenta del calor sofocante, estaba aireado sólo por una  minúscula bikini color zapote, sin la protección victoriana del pareo lila que le regalé para navidad) hubiera precipitado la condescendencia de este lanchero llamado Calixto, nos pudimos embarcar sin rasguños en La Gitana, mucho más tarde de lo pensado, sin embargo. Y quedó mucha gente fuera, esperando el próximo golpe de suerte.


 


 


 


 


                                                                              Sapzurro-Escena I


 


Hace treinta años, Sapzurro era un poblado regido por tres familias troncales tradicionales, que gobernaban a sus habitantes bajo leyes locales, en total autonomía, sin ninguna constitución nacional que amparasen los castigos infligidos o las recompensas otorgadas.  Actualmente -después del destape, el enjambre de paramilitares, la irrupción del modernismo, la conjunción de la guerrilla, el ejército y los yankees de exportación que han llegado a caballo de su banalidad y sus veleros a dilapidar sus fortunas otrora aquilatadas en el Chase Manhatan Bank-, Sapzurro se ha convertido en un reducto que alberga el lenocinio según los detractores, el paraíso según los actores. En uno u otro caso, Sapzurro es una rada hermosa, calma, apacible, de olas pequeñas, donde los navegantes apátridas que recorren los siete mares encuentran un puerto transitorio donde reparar sus veleros, ingerir  cerveza barata bajo la sombra de un árbol a una temperatura media de treinta grados durante todo el año o encaramarse con una núbil nativa que le promete fertilidad a cambio de fidelidad (a los dólares, al tipo de cambio del mercado negro). Es increíble lo que puede informar de un pueblo la permanencia de una hora sentado mirando lo que sucede, en la plazoleta principal del mismo: allí te das cuenta si la cerveza corre todo el año, descansa un tramo o galopa  todo el tiempo; te das cuenta de la tasa de desocupación real; por el olor que despiden las bragas de adolescentes carnosas sos capaz de calcular el intervalo de tiempo que mediaría para que la nativa de turno te convenza de acostarte con ella para experimentar (ella, no vos) por vez primera un orgasmo… con un extranjero; estimás sin gran margen de error que el tamaño de la concurrencia a la caseta de las apuestas es proporcional a la tasa de divorcios, y así sucesivamente. Sapzurro es todo eso y más, colinda con Panamá, un país que supo ser un departamento de Colombia hasta 1903, fecha en que los americanos decidieron que era hora de explotar el istmo de Panamá a su guisa, trazar y construir de una vez el canal y empezar a recaudar durante cien años el derecho de tránsito e interconexión de un océano al otro, aunque para eso tuviera que convencer  a Panamá de que debía constituirse en una nación independiente de Colombia, algo de lo cual no estaban los Panas persuadidos, ni tampoco demasiado preocupados por mantener lazos de sangre de conquista. Pasaron los cien años del acuerdo de explotación, se multiplicaron los divorcios a uno y otro lado de la frontera, y en 2003 los americanos cumplieron, devolvieron el canal de Panamá a los panameños pero ya no había una atmósfera diplomática favorable para trabajar por la  reunificación de ambas naciones, teniendo como agravante que a Uribe no le sienta para nada bien ese “oye pana oye brother” de los vecinos, prefiere el “¡Kiubo parce pues!” de su querida Antioquia.


¿Ustedes creen que algún pasaje de este opúsculo  geopolítico pudiera interesarle a Juan José? En modo alguno. Él estaba abocado al cumplimiento de sus sueños. Por ello, tras refrescarnos con un jugo Hit sabor a  Mora en la plazoleta, opté por acceder a la petición de Silene (que me recordó la promesa)  cuando propuso cruzar a Juan José de una vez  a Panamá, a la playa de Aguas Blancas, en la vereda La Miel.


 


                                                                              La Miel-Panamá


 


Se llega a ella caminando por un sendero escarpado (la gente “bien” dice que practica un deporte llamado trekking, pero la plebe poco ilustrada se conforma con aseverar de que se trata de un simple caminar en desnivel), una pendiente donde a cada rato unos carteles te avisan que estas a punto de cambiar de país, uno sube y sube, asciende y espera su condecoración, su cucarda por tanta gallardía, pero nada, sólo oficiales panameños que parecen colombianos se confunden con oficiales colombianos que parecen panameños, ambos bandos hablan, gesticulan y confraternizan, se golpean sus hombros y sus sienes, trafican whiskey y cigarrillos en forma descarada, a raíz de los caprichos de la división política. Al fin llegamos a las banderas, la panameña del lado panameño, la colombiana del lado colombiano, sus puntas se tocan, como queriendo entrelazarse y copular, y casi que lo logran. Juan José insistió, quiso sacarse una foto entremedio de ambas banderas, de seguro para contarle más tarde a su padre (que palidecía en Cali, preocupado, por la suerte de su primogénito viajando por este cañaveral palúdico, perdido en el mapa, según sus propias palabras) que por primera vez había salido del país. La Miel es sólo eso, un espacio dulce, de mar cristalino, olas obedientes y arena blanca finísima; y sí, Silene tiene razón, que el mar aquí adopta tres colores diferentes.


Los niños piden. Juan José me pidió reiteradas veces que lo acompañara al mar, mientras su madre se doraba al sol como si fuera una sirena desempleada por los mares rivales. Y de pronto vino una ola fantasmal que nos arrojó a la mismísima mierda, todo el sonido del mar se incrustó en mi oreja derecha, tapando mi oído, sólo escuchaba el vacío existencial que provenía de las profundidades marinas. Pude entender lo que sienten los caracoles, mejor dicho, pude experimentar lo que se oye cuando uno arrima su oreja a un caracol, ¿era así?,  bueno, la idea es esa, no sé, ustedes me sabrán comprender.


 


                                                                              Sapzurro-Escena II


 


Habiendo tomado consciencia (ya regresando a Colombia a las cinco de la tarde) de que no conseguiría  lancha para retornar a San Francisco ese mismo día, nos tuvimos que hacer a la idea de pasar la noche en Sapzurro, y pónganme cuidado, que en Sapzurro no hay cajeros automáticos, no hay posibilidad de pagar con tarjeta de crédito, no existe el postmodernismo autocrático de Nueva York ni la mansedumbre emblemática  de los monjes de Bangkok, acá uno está librado a sus propios recursos.


Siempre que viajo trato de llevar direcciones de auténticos desconocidos, datos de conocidos que no sean muy insoportables, o de amigos incondicionales;  en cualquier caso sirve de mucho tener en la billetera información para casos de emergencia como éste, en que se tiene que resolver una quedada nocturna imprevista y obligadamente económica. Y recuerden que ya no soy un viajero errante, tengo una familia y no podía pernoctar en cualquier pocilga, como en los viejos tiempos. “¡Uy, los viejos tiempos!” –exclamé, subyugado, en la soledad de mis pensamientos.- Las cosas han cambiado, sí, es cierto, pero ni tanto. Fui directamente a las cabañas del chileno, un soberano desconocido para mí, aunque famoso en Sapzurro. Una amiga mía (de antes de conocer a Silene) me había pasado las  coordenadas de este personaje, por si acaso visitara la zona, y heme aquí, helos aquí a mi amada Silene y a Juan José, preocupados por dónde dormirían aquella noche. Manejando los códigos tácitos que existen entre los trashumantes, el chileno y yo nos descubrimos inmersos en una historia de vida similar, ambos vagabundos que al fin habían encallado en el sedentarismo, por motivos diversos, entonces afinar el lápiz no fue tan difícil y acordamos por un precio módico el surtido de una carpa y dos colchonetas que Juan José se ocupó de inflar con ahínco,  para pasar la noche. “Eso sí –dijo el chileno, con su tonada intacta-, van a tener que madrugar, porque conseguir lancha para volver a San Francisco va a ser un chicharrón mañana. Es comienzo de año”. Asentí, poniendo mi mejor cara de idiota. Él ignoraba que ya estábamos al tanto de los sinsabores de las esperas en los muelles, padecido las trifulcas, las pugnas por un lugar en aquellas lanchas decrépitas, las ganas de lanzarse al agua para ir a nado de Sapzurro a San Francisco sin hacer fila ni pagar un peso; él ignoraba también que mi  tiempo muerto en los muelles lo dedicaba con frenesí al único vicio posible en dichas circunstancias: desprenderme del cuerpo para ocuparme de mi alma, aunque sólo lograra derramamientos misérrimos, hilos de historias personales mías en vidas pasadas, de esos que sacuden la modorra y, en este caso, la sal del mar.  


Hubo que usar linternas para ir al baño, ducharse, defecar o meditar en el trono más digno al que pudiera acceder el género humano: el inodoro. Silene protestó, que el baño quedaba muy lejos de la carpa, pero finalmente agarró la linterna y fue a perfumarse.


Estaba preciosa Silene a la hora de la cena, que consistió en la celebridad gastronómica del gremio de los mochileros: spaghettis con salsa de tomate y una lata de atún. Lo cocinamos en una estufa eléctrica que demoró una eternidad en hacer hervir el agua, lo que nos hubiera normalmente llevado al tedio de no ser por el grotesco  concierto que nos diera “Captain Jack” mientras tanto, prendido a su guitarra acústica. Captain Jack era norteamericano, era el marinero y el propietario del velero más imponente de la bahía de Sapzurro, era millonario, era un sesentón fantasmagórico que dijo haber comprado mas del cincuenta por ciento de las tierras del pueblo (como si a alguien le importara la escalada de su materialismo declamatorio) y, sobre todo, era desentonado. Pocas horas antes me lo había cruzado por la calle todo ebrio, todo simpático, y me contó que él era el dueño de las cabañas del chileno, que él había puesto la plata y Alberto el chileno el trabajo (las famosas sociedades de capital e industria, estudiadas en el secundario, donde no faltan la extorsión, las asimetrías  de energía laboral insumida en el emprendimiento comercial y los ajustes de cuentas entre ex amigos). El asunto fue que por la noche se nos apareció completamente borracho y, sin que nadie se lo pidiera, tomó su guitarra y descerrajó una andanada de blues en inglés, de letras pre suicidas, que dieron cuenta de que la presunta felicidad que irradiaba Captain Jack era en cambio la fachada de un conglomerado de tristezas que comenzaran en New Jersey hace cincuenta años, cuando le dijeron al entonces “little Jack”, en un recreo escolar, que era un gordinflón cara de zanahoria, y él, tan pagado de sí mismo, se juró demostrarles a aquellos pusilánimes, por medio de sus viajes alrededor del mundo, sus millones acumulados, y sus conquistas a expensas del amor prepago, que él era un hombre exitoso, su sonrisa siempre lista, siempre dependiente de los tragos, de las drogas y de los estimulantes alternos que pudiere encontrar en sus recorridos transoceánicos. Así era Mister Jack, que desafinaba brutalmente, que casi cayera cuando expiraba cada canción, que repetía a cada rato “I’m drunk, it’s time to go to bed”, pero resulta que la noche era larga, los spaguettis rebeldes que no se cocían nunca y este blasfemo de la canción popular norteamericana que declinaba irse a dormir, hasta que  se llegó a un punto de no retorno  en el cual un gesto de mi mirada lo aterró, por fin: aplaudí hasta el paroxismo sacudiéndome allende los mares del insomnio, lo más que pude su última lastimosa interpretación, pero lo conminé enseguida con un guiño de ojos imperativo a encaminarse a sus aposentos: él era el jefe del camping –y se lo dije abiertamente:  you are the boss-, supuse que  su vivienda no quedaría sino a veinte metros del escenario improvisado. Y así fue que lo consolé durante su patética retirada, le dije que la culpa era de los muchachos de sonido, que él seguía siendo el jefe, que llevaba la vaca atada a cualquier lado que fuera, que los árabes no dominarían el mundo, que los yankees prevalecerían por al menos cuarenta años más, a lo que él respondió, más calmo, en inglés: “Entonces Captain Jack vivirá lo suficiente para verlo”; acto seguido, subió a su dormitorio tropical, acompañado sólo por la pesadez de su mirada, su panza hinchada de cerveza envuelta en una camisa hawaiana exactamente ridícula y, de seguro, los recuerdos de su compañero de escuela que le espetaba al oído: sos un fracasado.  


Las colchonetas infladas resultaron de lo más cómodas, aunque Juan José durmió en una y yo y su madre compartimos la restante; así funcionan las matemáticas infantiles: parten de los quebrados.


 


                                                                              San Francisco-Escena II


 


En San Francisco el medio de transporte más utilizado es el mulo. Esta especie tiene un semblante triste, parecen recién salidos del consultorio de un chamán marginal que les hubiera cobrado una suma exorbitante en concepto de honorarios atrasados, pero son mansos, te llevan adonde vos quieras sin protestar por ello: para protestar cuentan con sus chamanes. No se pudo resistir Juan José a montar por primera vez en su existencia, y lejos de mí estaba impedírselo. Así que uno de esos días, tras levantarnos, le dije  que a las nueve y media de la mañana estaría Juan David con su mulo de alquiler, y que lo llevaría a montar a lo largo de la playa. Le pregunté si tenía ganas de montar. Abrió los ojos. Durante el desayuno se puso ansioso, que cuándo viene, que por qué se tarda tanto si ya  es mucho más tarde de las nueve y media. Pero yo no estaba en situación ni era el momento adecuado para explicarle al niño que los horarios son útiles en las grandes ciudades, que aquí en San Francisco basta asegurar con que vas a pasar por la mañana y eso constituye  suficiente garantía de puntualidad. En estos pueblos es irracional pensar en términos de prisa urbana, y por ello no existe cargo de consciencia alguno si acaso llegara alguien a una cita una o dos horas después de lo convenido: sigue siendo “por la mañana”. Nos afincamos con su madre sobre la lona a esperarlo, en la playa, a la vez que veíamos alejarse al mulo cargando a Juan José. Juan David iba a su lado, caminando lentamente, guiando las riendas. Este mulo de nombre propio Valerio no tenía sobredosis de T.V., iba despacio a dos metros del agua de mar, despreocupado, listo para la  travesía de ir hasta el extremo norte de la bahía y regresar al mismo ritmo. Fue más o menos una media hora en que Silene no supo del paradero de su hijo, estaba algo preocupada, no yo, que sabía que había una  probabilidad de desboque del mulo tan remota  como la de que Carlos Menem volviera a los brazos de Cecilia Bolocco para pelear por la presidencia de la Argentina en las próximas elecciones, a sus casi ochenta y cinco años. La geronto-política en La Argentina es tan improbable como el desboque de un mulo en el noroccidente colombiano. Tan excitado estaba el niño a su regreso que pidió hacer otra vuelta, que le concedimos: habíamos alquilado el mulo por una hora y sobraba aún tiempo de satisfacer este repechaje y que Silene montara también. Ver a mi amada envuelta en su pareo lila subida a un equino resultó una experiencia religiosa –al decir de Enrique Iglesias.- En el interín, nos enfrascamos Juan José y yo a jugar un partido con el frisbee, aguardando a la única mujer de la familia. El resultado de esta gesta deportiva quedará en los anales del misterio.


 


                                                                              Triganá


 


Triganá es el pueblo contiguo a San Francisco. Cuando le preguntas a un lugareño cuánto se tarda en llegar a pié desde San Francisco a Triganá, ellos responden que dos tabacos. Es muy folklórico y hasta pintoresco calcular el tiempo sin reloj, por medio de un vicio arraigado, contaminante (¿Qué mejor prueba de estos dos últimos adjetivos que la muerte de Sandro de América?), desafiar la precisión suiza, pero yo no estaba dispuesto a empezar a fumar a mis cuarenta y dos años para verificar la sabiduría ancestral de estos moradores que esquivan el estrés, de modo que, como a las cinco de la tarde, la emprendimos los tres, sin intenciones de batir récords, a Triganá. A primera vista se notaba que era un pueblo rústico, aunque habitado por gente muy bien (muy paqueta, como decimos en Argentina); cruzamos personas refinadas que habían alquilado casas magníficas a orillas del mar, o bien propietarios de casas de ensueño, a las que le habían invertido un buen dinero para reciclarlas hasta quedar lujosas, como sus mansiones de todo el año de Bogotá o Medellín. La relativa cercanía geográfica de Medellín a estos lugares prístinos hacía que la mayor parte del turismo aquí fuera de origen paisa (apodo que se les da cariñosamente a los oriundos del departamento de Antioquia, capital Medellín); el dinamismo neurálgico de los rolos (habitantes de Bogotá) hace asimismo que colaboren en el caudal total de turismo también los bogotanos, que normalmente arriban a Apartadó (ciudad vecina de Turbo, Antioquia) por avión y luego, como todos los mortales, se montan en autobús hasta Turbo y las lanchas marítimas, a continuación.


Acercándonos a las mismas puertas de Triganá nos dio mucho calor, por lo que nos metimos al mar Juan José y yo: Silene quedó, como siempre,  abrazada a su inseparable bolso estilo hippie, color marrón veteado de blanco, colgado a su hombro ya bronceado, en la playa, observándonos chapotear. Y resulta que la playa era divina, el agua más cristalina que en San Francisco, las olas nos enrostraban su vitalidad llenando nuestros cuerpos y espíritus de  arena y alegría, el tiempo se detuvo, o empezó a correr más rápido, nos olvidamos de Silene y nos pusimos a barrenar, a jugar, revolcarnos en este mar que nos seducía, inescrupulosamente. Oscurecía. De pronto nos volteamos y detallamos a Silene conversando con un hombre. Seguimos jugando, el mar estaba delicioso, no daban ganas de salir; al rato nos dimos vuelta otra vez y el hombre que continuaba echándole los galgos a mi novia: “¿Quién será ese tipo?” –me preguntó Juan José. “No sé” –respondí. Yo me hacía la misma pregunta. No por un asunto de celos, desmán en el cual no creo, sino que la escena vista en perspectiva,  a veinte metros de distancia,  ofrecía un tipo perseverante, de esos que usan collarcitos en el cuello como amuletos de la suerte y que parecen hacer gala del exorcismo malévolo de un atardecer sin par, vaya a saber uno con qué fin ulterior;  quizás ignoraba que no estaba sola esta mujer, que su hijo y pareja estaban citados por un baño de mar vespertino, que se había extendido más de la cuenta. Era hora de arrimar y ver lo que estaba ocurriendo. Juan José estuvo de acuerdo. Salimos. 


Falsa alarma. Andrés era un delgadísimo – y al parecer promisorio- actor de teatro de Medellín, muy educado, atildado, blanco como un papel secante, que se había trasladado a Bogotá para cumplir sus sueños actorales (nos dijo que una buena carrera profesional debe organizarse siempre desde la capital). Debía tener unos veintitrés años y era, a todas luces, marica. Movía endemoniadamente sus manos, hacia arriba, hacia abajo, hacia el costado, agitándose un poco al hablar. Le contaba a Silene que todas las tardes salía a caminar en solitario por las playas de Triganá,   preparándose para el ritual de regalarse su primer baño de mar, que tendría lugar esa misma medianoche. No se había metido  todavía, desde su llegada el veinticuatro de diciembre, en virtud de una promesa que trajera de Bogotá de no bañarse hasta aquel día  a las doce de la noche, en que ingresaría al Caribe con una mujer mayor, de quien sólo indicó había venido a velar por él y sus ocho amigos varones que le acompañaban. Indudablemente, Triganá era el sitio ideal para una orgía gay saludada por una matrona frígida. Y en cuanto a su promesa, aclaró que tenía que ver con sus deseos de crecimiento profesional  en este dos mil diez que asomaba (no quise abundar en los tejemanejes del crecimiento, ni en el intríngulis que encerraba lo profesional). Era muy simpático y estaba tan prendado de Silene que hasta nos invitó a su casa esa noche para compartir la cena. Puse cara de no estar dispuesto a compartir más que la cena, ya que mi virilidad estaba largamente satisfecha y comprometida con mi pareja. En ese instante, dos maricas amigos de Andrés se aproximan: uno era un joven alto y grandote, físico  cultivado en gimnasio, abdomen plano,  moreno de tatuajes próximos a sus zonas erógenas, el otro era rubio raquítico, amanerado en grado sumo, meneaba su pompis como una muñeca pecaminosa, y portaba una sunga ajustada color azul que delataba un miembro de dimensión que asustaba. El primero de ellos empezó a hacer señas, yo pensé en primera instancia que tenía códigos secretos convalidados por  Andres, pero no, me estaba invitando a mí, al parecer quería que le cumpliera sus fantasías sexuales (a primera vista atrasadas en el mapa de la oportunidad), sus deseos afiebrados presos en su cara solicitante de mi concurso fálico, en su lecho de alquiler, presumiblemente en la cabaña que los nueve  hombres habían arrendado a metros de donde estábamos parados. Afortunadamente, Juan José sacó del bolso de su madre una toalla para secarse y las linternas. Él era el encargado de iluminarnos el camino de regreso a la Eco-aldea Dobaibe. Exclamó que tenía hambre, que debíamos regresar, que Marta tendría pronto nuestra cena lista y –es verdad-,  teníamos un buen trecho  a pié, de noche, que recorrer. Agradecimos el convite de sustrato presuntamente libertino, cortésmente. Quizás yo no era el objetivo y fuera una reunión participativa, sin discriminación de género. Apenas me distancié del lugar de los hechos,  sin embargo, pude ver el rostro desilusionado del musculoso moreno que se señalaba sus vergüenzas, en estado de alarma hormonal. Abracé a Silene y nos echamos a andar.


 


 


                                                                              San Francisco-Escena III


 


Cuando amanecimos aquella mañana (mi cola feliz e indemne), mientras nos desperezábamos en total tranquilidad, nos embargó cierta tristeza. Era el último día de las vacaciones. Al día siguiente empezaríamos a volver a Cali. Teníamos reservado tres puestos en la lancha de las seis y media de la mañana, a Turbo. Y después repetir inversamente el ritual de la ida: un autobús de Turbo a Medellín, y otro hasta Cali. Tanta calma, tanta perfección de la naturaleza a nuestra completa disposición, se nos esfumaría en veinticuatro horas. Regresaríamos a la rutina de trabajo en una gran urbe, el smog, el gentío, el tráfico, los pormenores mercenarios que  disparan el estrés citadino. Luisa nos llamó para desayunar en la sala, que daba al mar. Una vez estuvimos sentados, mientras Silene me pasaba el bloqueador para enfrentar el sol, Juan José me pidió que le hiciera un crucigrama más fácil que el último, que no había podido completar.


Una, dos, tres lanchas al tiempo, se detuvieron frente a la eco-aldea. Me resultó extraño el hecho de que estos visitantes no se hubiesen valido del muelle del pueblo, adonde normalmente llega cualquier embarcación que desee anclar en San Francisco, aunque bien podría ser la lancha que trajera el mercado semanal a Marta y Martín, o tal vez eran náufragos macabramente bronceados que se hubiesen extraviado en la lejana Conakry, en el  África Ecuatorial, y  tras cincuenta días de odisea, alucinados, sedientos, divisaran una costa cualquiera y estuvieran desesperados en procura de socorro, de una brújula, un sextante, o sexo casual. Si fuera este último caso, los derivaría a la cabaña de Andrés y sus cófrades. No obstante, no se trataba de nada parecido a mis elucubraciones. Una millonada de paisas, desde el bisabuelo hasta el bisnieto, pasando por el canario, el suegro, los hijos, la nuera, el loro y el hámster, hicieron pié en la playa de  Dobaibe. Sus bermudas mojadas en el descenso contrastaban con sus sonrisas pícaras que intentaban relajar la tensión del viaje marítimo, parecían traer una cantidad exagerada de equipaje, puesto que no paraban de brotar de aquellas lanchas bultos mayúsculos, bultos minúsculos, pero siempre bultos, bolsos, mochilas, maletas, bolsas, cajas, cajitas, cajones, canguros, elefantes, ¡Qué descaro hay que tener para venir a un sitio tropical como éste, donde nada se necesita más que un traje de baño, provisto de una batería demencial de artículos de lujo francamente inservibles en este paraíso, aquí donde  natura todo te lo da sin siquiera uno pedirlo! Quien seguramente era la  sempiterna abuela aulló vigorosamente cuando se le empaparon sus nalgas suculentas, al descender de la barcaza, el abuelo, solícito y exánime, la acunó entonces en sus brazos y la apalancó hasta la orilla. Yo estaba azorado, atónito, mi mente en blanco, mi corazón oscureciéndose. Un intervalo infinitesimal de flatulencia agitó mis esfínteres. Minutos después, Marta me explicó que este reservorio de turistas acababa de llegar de Medellín, que era su primer contingente del año dos mil diez, y que había promesa de bullicio y parranda. Se terminaba, pues, el ayuno del jolgorio: bienvenidos al naufragio de este remanso de tranquilidad. De todas maneras no sería tan grave: mañana nos iríamos a Cali.


Una hora más tarde, cuando el sol avanzaba hacia el cénit, se había formado en la playa un semicírculo de sillas, ocupadas por las aproximadamente veinticinco personas recién llegadas, que conversaban a los gritos, vociferando en evidente estado de ebriedad. El parvulario, en tanto, acaparó el resto de playa que otrora fuera  nuestro territorio exclusivo. Desde luego, el aguardiente era la quintaesencia de tamaña demostración  de prestada felicidad, a estas alturas un flagelo para mi espíritu todavía aplomado, para mis oídos que ahora chirriaban, luego de días de regia mansedumbre. Silene se persignó. Juan José me susurró al oído: “¿Y si  vamos  visitar el Domo? 


 


San Francisco se precia de ser un enclave que abriga la no violencia, es ecológico, no ecologista (porque  que cuando uno agrega los sufijos “ismo o ista” a cualquier palabra, la deforma, la vuelve un fanatismo, una perversión fundamentalista, desviándola de su significado original). Asimismo, se jacta  de ser un pueblo menos peligroso que, por ejemplo,  Capurganá y Sapzurro, donde hay un índice de criminalidad incipiente. Aquí no. Para los ladrones, violadores y asesinos franciscanos pescados in fraganti, los habitantes  tienen una única receta: recolectar el dinero necesario para pagarles el pasaje de regreso a Turbo,  y asegurarse de que no vengan  a estorbar nunca más.


En este escenario zen aparece “El Domo”, una granja ecológica modelo, escondida entre el follaje, apartada del mundo, que florece a unos trescientos metros cuesta arriba, del mar. Es sólo salir de la eco-aldea, caminar menos de cien metros hacia la izquierda, y empezar a subir. El sendero tiene al principio peldaños pulcros, huellas que hieren la vista por tanta virtud de la creación, después el terreno se vuelve más húmedo, cenagoso, la selva aflorando en toda su magna frondosidad, los zancudos, mosquitos y moscardones  animando nuestra escalada al templo donde se prescinde de las empresas proveedoras de electricidad, las Cooperativas de provisión de agua Potable, los fontaneros, los cobradores de impuestos, los timadores y los estafadores. Juan José no alcanzó a cansarse porque llegamos en menos de diez minutos a destino. Nos recibió Alfredo y Eduviges, una pareja hippie desacelerada que la década del sesenta-setenta al parecer los arrinconó aquí, y se quedaron. No usaban ropa de marca, pero los inventos, las creaciones de esta pareja que buscaba vivir a favor de la naturaleza, sin destruirla, sin contaminarla, llevaban su propia marca, su propio sello de origen. Mi mujer estaba fascinada, a ella que no le gusta salir del hogar a hacer el mercado, aquí veía que todo se hacía en casa, el horno solar, la energía eólica, la huerta orgánica, la recolección de agua de lluvia que, mediante el simple proceso de colocar botellas en un potabilizador solar de aluminio, se volvía agua potable, por simple exposición del liquido embotellado al sol; una lavadora de ropa –que se asemejaba a  una mezcladora de cemento-  accionada por tracción a sangre  humana te permitía tener la ropa limpia y,  a la vez, asistir a una clase de spinning, gratis;  un horno de barro, un calentador solar:  “A fin de cuentas –decía Alfredo-, es preciso el mismo tiempo de cocción en aparatejos rudimentarios como éstos que en una cocina tradicional”. Silene anotaba todo lo que podía en su libreta herrumbrosa, los inventos de este físico-químico-ecologista ignoto.  Juan José comenzaba a dormirse en el piso del Domo, adonde pasamos luego de la recorrida a pie por la granja, para ver un video alusivo. Allí nos mostraron el tape de un periodista argentino que, poco tiempo atrás, se había dirigido al Domo a filmar un documental, después de haberse enterado de los hallazgos y las maquinaciones de amplia utilidad práctica de Alfredo, quien expresa al final de la película que, para él, disfrutar de un estilo de vida que no agreda  a la naturaleza, eso y sólo eso , es la vida misma, y no hay nada más que agregar. Yo me asombré por cómo reciclaba los residuos plásticos (aparentemente inútiles) y los convertía en baldosas resistentes al peso de un elefante. Silene desenfrenada –como nunca la había visto-  lo atosigó a preguntas, que él respondía gentilmente, sin apuros. Nos recalcaba Alfredo que para él su estilo de vida no era un trabajo, ni un oficio, ni una obligación, sino que el estilo de su propia vida era, sencillamente,  el punto culminante de la búsqueda milenaria del hombre del eterno Samadhi. Zen ciento por ciento, tal y como vive mi amada Silene desde hace siete años. Temí por un momento que mi mujer quisiera quedarse seis meses aquí con este pastor de ovejas inofensivo, a hacer una pasantía en procedimientos ecológicos, pero la garantía de que no lo haría era el inminente comienzo de clases de Juan José, el doce de enero.  


En todo emprendimiento debe haber necesariamente un contador; en este caso era una contadora, Eduviges, quien antes de retirarnos nos cobró el precio de la visita, que fue en realidad muy barato y no nos dio recibo. Esta gente era consecuente, su estilo de vida sencillo, una colaboración sencilla. Mis respetos a quienes respetan la naturaleza y viven en consonancia con ella.


 


                                                                              Conclusión


 


¿Toda estadía en un paraíso debe necesariamente llegar a su fin? No voy a discurrir en este escrito sobre la pertinencia de las excepciones a esta regla. Pues la vida tal como es no tiene reglas. Les dejo entonces la duda, a modo de reflexión póstuma. Para nosotros tocaba su fin. No quiero afirmar que no se puedan descubrir paraísos en las grandes ciudades, detrás de una estatua, a la sombra de un árbol, en un confesionario, en un motel, detrás de una muralla, en una discoteca, en el living de tu casa, o en un programa de televisión. Lejos estoy de postular eso. Pero si logras desatar los nudos de tus preocupaciones sin esfuerzos, como fue mi caso en esta experiencia rural y salvaje, entonces opera en tu interior una especie de redención en la desaceleración del pulso de tu vida, que, luego, en la gran ciudad se revierte lamentablemente, recomenzando una escalada de tensión, a causa del fervor inherente a cualquier agenda urbana. De allí que las conquistas en los paraísos como San Francisco las viva como naturales y transformadoras en la esencia de lo individual, mientras que las conquistas en los paraísos urbanos las siento como inducidas por la corriente y de mantenimiento de nuestra índole social, pero ambos son paraísos, en resumidas cuentas. He allí la gran diferencia y la gran similitud, respectivamente.


Me traigo el oído derecho muy tapado, como un himno mudo a las viejas glorias. Gotas de glicerina que me aconsejó Martín vinieron en el autobús mezclándose con la cera autogenerada cerca del tímpano, produciéndome un eco molesto, que me dificulta oír bien lo que pasa afuera  pero –y he aquí la paradoja-,  he empezado  a escuchar mejor lo que me sucede dentro.


     

SECCIONES
Tamaño texto

© Copyright 2007 Todoparaviajar.com | Todos los derechos reservados | Términos y Condiciones de Uso | Políticas de privacidad

Producción de Contenidos Atagualpa Certifica.com