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12 de Abril del 2011

Mi viaje a Doha




Hace aproximadamente un año tuve la suerte de viajar a Doha, Qatar, como jueza en una competencia internacional de debate. El primer impacto cultural lo experimenté apenas me bajé del avión de Qatar Airlines en el aeropuerto de Doha: una larga fila en aduanas en la cual el 98% de las mujeres usaban burkas y vestidos tradicionales; a algunas de ellas se les veían los rostros, a otras ni siquiera los ojos. Y así comenzó mi encuentro con una cultura, un paisaje, y un país totalmente diferentes.


Nos alojamos en el hotel Marriot, un hotel 5 estrellas con playa privada y vista a las imponentes construcciones de edificios de oficinas, muy modernos, iluminados permanentemente y exhibiéndose como símbolo de progreso y desarrollo. Doha ostenta lujo y riqueza, pero es una ciudad que pareciera vacía, poco poblada, y rodeada por el desierto, en el cual viven los locales, en comunidades amuralladas que, según nos explicaron, son para que las mujeres puedan tener más libertad, gracias a estar detrás de los muros y no ser vistas por gente ajena a la familia.

Por otro lado, Doha parece una ciudad destinada a los negocios, lista para alojar viajeros e inversores, pero al mismo tiempo dispuesta a conservar sus tradiciones y costumbres intactas. Las mujeres debíamos cubrirnos el escote, los brazos hasta los codos y en caso de usar pollera, por debajo de las rodillas. Sin embargo, cuando tuvimos la oportunidad de ir a un shopping descubrimos no sólo a todas las marcas conocidas y famosas en demás países de Europa y América, sino también las mismas prendas y los mismos afiches y publicidades que en cualquier otro país. Las mujeres de compras, sin embargo, usaban todas sus burkas. Pero más interesante que el shopping fue ir al shouk, al mercado, donde venden todo tipo de productos tradicionales, locales, importados, variedad de comidas, telas, souvenirs, animales domésticos y hasta una remera de la selección Argentina de football. La zona vieja de la ciudad, adonde se encuentra el mercado, es una zona muy pintoresca y tradicional. El contraste con la zona nueva, lo que sería el Wall Street o Canary Wharf de Doha, es impactante. Todo allí es nuevo, reluciente, tecnológico, casi como una ciudad del futuro en medio del desierto. La arquitectura es extraordinaria y la gran mayoría de las construcciones modernas se encuentra en la costa.

Sin embargo, Qatar sigue siendo desierto, y algunas de las mejores experiencias las pasamos allí. Paseamos en jeeps, anduvimos a camello, y disfrutamos de una tarde y una noche en la costa, en el desierto junto al mar, bajo un cielo increíblemente estrellado y un clima templado y agradable. La gente local siempre se interesa en los turistas y son sumamente hospitalarios. Todos tienen una historia para contar y demuestran un interés genuino por los extranjeros. Tuvimos el honor de ser invitados a una carpa en el desierto, que es donde algunos hombres van a distenderse y pasar un rato fuera de sus casas. Llegamos luego de haber manejado por el desierto en 4x4, y allí había una enorme carpa decorada al mejor estilo arabesco, con un equipo electrógeno, todo el equipamiento para preparar y servir la cena, una cancha de volley, dos televisores plasma de 41 pulgadas, y una play station. Era el perfecto resumen y símbolo de lo que para mí representa Doha. La unión, la síntesis de opuestos, de dos mundos, de lo más antiguo y tradicional y lo más moderno, tecnológico y avanzado. Una cultura bastante cerrada y conservadora, pero un país que se abre y le da la bienvenida al mundo exterior, lo invita y lo recibe hospitalariamente, le muestra su potencial, y se interesa y se esfuerza en aprender y compartir lo que el resto del mundo tiene para ofrecer.
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