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| 26 de Septiembre del 2011 |
Vivir en el agua
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Visité Gambié, en el mes de noviembre de 2010, como parte de mi itinerario por la República de Benín, en Africa, de cuyo puerto Ouidah, partieron para América varios millones de esclavizados, antepasados de nuestros muchos compatriotas afrodescendientes.
Como cualquier ciudad, tiene su intenso tráfico, sus actividades comerciales propias, sus costumbres, sus mercados, y gran cantidad de gente.
Lo que sorprende y resulta sumamente interesante es que todo se desarrolla, por estar enclavada en el Lago Nokohué, en el agua, por eso la llaman “la Venecia africana”.
Es incesante desde la mañana temprano hasta muy entrada la noche, la circulación de canoas y barcazas, especialmente por la cercanía con la frontera con Nigeria, lo que hace intensivo el intercambio comercial. Yo no alcanzaba a acostumbrarme a la oscuridad, y ellos circulaban con un dominio en el agua que me asombraba, sin ninguna iluminación.
A la mañana temprano, las mujeres Tofi (por la etnia a la que pertenecen) se reúnen formando un mercado flotante, cada una en su canoa, en un lugar determinado del lago, para intercambiar sus productos que consiguen a cambio de la pesca que entregan sus maridos, en el puerto de Cotonou, la ciudad comercial más importante de Benín, y más cercana a Ganvié, y más tarde recorren el lugar ofreciendo desde el agua esos productos a las distintas familias del lugar. Me llamó la atención, entre otras cosas, una señora que tenía en su canoa, lo que podríamos llamar una farmacia.
Incesantemente escuchaba a los niños diciendo: “yovó cadó, yovó cadó” ( blanca regalo blanca regalo! en francés).
Los hombres tienen su parcela para trabajar…pero es una parcela delimitada en el agua, para la pesca. No pude comprender cómo, pero cada uno sabe cuál es su propiedad y todos la respetan, como cuando alguna familia deja una vivienda para ir a la ciudad, nadie la ocupa hasta que vuelven, según me explicaron, aunque pase un tiempo.
Los niños juegan allí como los nuestros pero en el agua, en sus canoas, como si ellas fueran sus zapatos.
Como en toda ciudad, hay peluquería, lugares de reuniones, y como si fueran estaciones de servicio, hay lugares a los cuales la gente se acerca en sus canoas, y como si estuviera cargando combustible, les llenan los bidones que llevan, con agua potable, con una gran manguera.
Todas las viviendas son muy precarias, y la pobreza reinante es muy grande, pero no me faltó una cama limpia y comida en la posada en la que me hospedé y una gran hospitalidad.
Me sentí como transportada a otro mundo, un mundo “acuático” y con muchas buenas gentes. Una extraña y positiva experiencia que jamás olvidaré.
mirthaviajando@hotmail.com
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