7 jóvenes de 18 y 19 años, de variados gustos y estados físicos, emprendimos, este pasado enero, un viaje de tres semanas de desconexión casi absoluta a la Patagonia argentina, con mochila, carpas y calentadores a nafta. Además de recorrer los tradicionales "7 lagos" -entre San Martín de los Andes y Villa la Angostura- y un poco de las ciudades, decidimos aventurarnos a subir montañas y conocer "el medio de la nada" abriendo incluso, en ciertos momentos, nuestros propios caminos.
La noche previa la pasamos en el Lago Gutierrez, y no mucho después de apreciar un alucinante atardecer, nos fuimos a dormir. La mañana siguiente nos levantamos temprano, le avisamos al guardaparques que ascenderíamos (en caso de que nunca llegáramos al próximo refugio) y empezamos. De a poco nos íbamos elevando, mientras los caminos por el bosque se hacían más empinados. Cada tanto, una abertura entre los árboles permitía avistar cuánto habíamos subido y los paisajes nos motivaban a seguir. A eso de las 2:00 PM llegamos a nuestra primera parada: el Refugio Frey, junto a la laguna Toncek. Acalorados tras 7 horas de caminata, nos metimos a la laguna helada, cuya agua venía del deshielo que ocurría frente a nuestros ojos, desde los picos nevados que la rodeaban de un lado, y se iba para abajo por el valle por el cual habíamos ascendido del otro lado. Desde ahí se apreciaba una vista de la parte "trasera" del majestuoso Cerro Catedral. Pasamos la tarde leyendo, disfrutando los paisajes, cocinando la cena, y tras una barrita de chocolate Águila y mirar un poco las estrellas, nos fuimos a dormir en nuestras carpas.
Al día siguiente nos despertamos con los fuertes vientos que parecían querer llevarse las carpas sostenidas con rocas y desayunamos. Comenzamos trepando por rocas y caminando por la nieve para subir hasta el pico, solo para luego bajar de costado entre las lajas que se deshacían en nuestros pies a un valle donde almorzamos. Descansamos y recuperamos fuerzas, para luego cruzar el valle y subir del otro lado, esta vez trepando por la nieve. No parecía llegar nunca, pero finalmente, en el filo de la montaña, podíamos ver, de un lado, el valle que habíamos recorrido de punta a punta y del otro, pequeño y a lo lejos, nuestro segundo refugio. Nos trepamos a la roca más alta del filo, y tocamos el cielo con las manos. Llegamos por la tarde al refugio General San Martín, en el lago Jakob.
Dormimos allí y disfrutamos de un merecido día de descanso, leyendo, paseando, comiendo. Al día siguiente, nos fuimos por un camino no tan recorrido, pasando por la laguna congelada Los Témpanos, y llegando a donde comenzaba el arroyo Casalata, por cuyos bordes bajaríamos. Metidos hasta las rodillas en barro y perdiéndonos entre cañaverales pasamos el día, y terminamos nuestra travesía en el brazo Tronador del Lago Mascardi, llegando a sus orillas triunfantes y llenos de paisajes y vivencias que no habrían de borrarse nunca más de nuestras mentes.