|
|
Una visita a Alemania
|
Cuando allá por el mes de marzo de 2004 mi mamá me anunció: “Llegó la invitación de Leipzig, y puedo llevar un acompañante”, no dudé un solo instante... Sabía que este viaje debía realizarlo, que sería una vivencia muy especial, y no me equivoqué en lo más mínimo!
Hace muchos años algunas ciudades de lo que era la República Federal de Alemania (Occidental) comenzaron a invitar a sus ex-residentes judíos, sobrevivientes de la Shoá (el Holocausto), a regresar para una corta visita a sus lugares de nacimiento. Se trataba de una especie de reparación hacia los ciudadanos judíos, perseguidos y, de hecho, expulsados de su país de origen.
Leipzig, por haber estado en territorio de la República Democrática Alemana (Oriental), recién comenzó con estas invitaciones después de la reunificación de las dos Alemanias, en 1990.
Mi mamá, como 5 años antes, ya había escrito a la Municipalidad de Leipzig solicitando ser invitada, y en ese momento le contestaron que “todavía no había llegado su turno”...
Pero ese año le llegó.
Mi hermano por supuesto también quiso ser de la partida, de manera tal que pudimos compartir estas vivencias entre los tres. Lástima que en ese momento mi papá - ya fallecido - no estaba bien; si no, hubiera viajado él en lugar de los dos hijos...
Fuimos recibidos en el aeropuerto por el funcionario de la Municipalidad a cargo de este programa, al cual estaban invitadas unas 25 personas más, con sus acompañantes, de muchos países del mundo, entre ellos, EE.UU., Canadá, Reino Unido, Suiza, Israel, Australia y Colombia; de la Argentina éramos los únicos.
Ya camino del aeropuerto al hotel nos detuvimos en una dirección en la que habían vivido mi mamá y mis abuelos los últimos años, antes de partir rumbo a una nueva vida en la Argentina en el mes de agosto de 1938, cuando mi mamá había cumplido 9 años, y antes de la fatídica “Noche de los Cristales” del 9 de noviembre de 1938. El edificio estaba restaurado, pero no despertó en mi mamá mayores recuerdos.
En los días subsiguientes fueron organizadas para el grupo diferentes actividades, tales como un una cena de bienvenida, de la que participaron, además de funcionarios de la Municipalidad, miembros de la Comunidad Judía de Leipzig; un “city tour”; conciertos; una recepción dada por el Intendente, quien fue muy cálido en sus palabras, expresando que “extrañan a sus ciudadanos judíos”; una visita al Museo de las Escuelas, en el que tiene su participación la Escuela Carlebach, que ya no funciona desde la época de la Segunda Guerra Mundial, y otras actividades.
Leipzig – que era la 4ª ciudad en importancia en Alemania antes de la 2ª Guerra – tenía una población de 14.000 judíos, de los cuales solo quedaron a su finalización... 120... La vida judía en este lugar, como en tantos otros de Europa Central, fue efectivamente destruida por los Nazis y sus seguidores.
Hoy en día la Comunidad creció a 1.000 miembros, una gran mayoría de los cuales son inmigrantes rusos y de otros países de la ex-Unión Soviética; hasta el presidente de la Comunidad, con quien conversé, es de origen ruso.
Volviendo a los momentos de mayor emotividad de esta visita, luego de buscar en vano el edificio en el que nació mi mamá (teníamos la dirección, pero el edificio ya no está), recorrimos un parque hermoso, del que sí surgieron para ella recuerdos vívidos de haberlo recorrido de la mano de mi abuela.
También ubicamos el negocio que perteneció a mi bisabuelo (una blanquería); hasta la baranda interior – que mi mamá recordaba muy bien – estaba allí! Este negocio le fue confiscado a mi bisabuelo en el ’36, lo que trágicamente lo llevó al suicidio, transformándose en una víctima más de la barbarie Nazi.
Pero el momento más emotivo, sin lugar a dudas, fue cuando fuimos llevados por miembros de la Comunidad, durante una visita al antiguo cementerio judío, hasta las tumbas de mis bisabuelos - los abuelos de mi mamá. Fue una vivencia extremadamente significativa haber podido estar frente a su tumba, y en esos minutos me pasó por la mente toda la tremenda saga de los judíos europeos, perseguidos y masacrados, que cambió la historia de la humanidad y la de los judíos, pero fundamentalmente, la de cada uno de nosotros ligados a familias de este origen.
Con un nudo en la garganta intenté recitar el Kadish (la oración por los muertos) pero la emoción me impidió recordar el texto... solo lágrimas brotaron de mis ojos.
El viaje concluyó con visitas breves a Berlín y a Praga, en donde también había una riquísima vida judía antes de la Shoá, y en donde hoy tenemos que contentarnos con recorrer fascinantes museos que nos muestran lo que fue... y lamentablemente ya no es más.
Lo positivo y esperanzador es que a 65 años de aquel drama lentamente va renaciendo de las cenizas la vida comunitaria judía.
En Berlín vale muchísimo la pena recorrer el Museo Judío, que retrata no solo la Shoá, sino la vida de los judíos alemanes antes y después de la misma en un edificio arquitectónicamente increíble. También la sinagoga de la Oranienburgstrasse es para no dejar de visitar, luego de que fuera reconstruida en parte, funcionando hoy en día como museo, y no como templo, y el nuevo memorial emplazado a metros de la Puerta de Brandenburgo, en homenaje a los judíos asesinados en Europa.
En Praga, por supuesto, la ciudad judía es absolutamente imperdible por su historia, su cultura y la vida judía que emana de cada muro.
Este viaje significó para mí un homenaje a las víctimas del Nazismo, entre ellos mis familiares, y lo viví muy intensamente. Estoy particularmente muy feliz de haberlo podido realizar junto con mi mamá y mi hermano, lo que dejará en mí un recuerdo imborrable.
|
|
|