Click para volver a la página principal
                   
 
 
 

02 de Noviembre del 2011

El olvidado desierto del oeste kazajo





 


Agotados de la carretera entre Atyrau y Aqtobe, miramos el reloj y vemos que son las siete y media de la tarde. Decidimos que pararemos en la siguiente población que encontremos en medio de este desaguisado de carretera en el desierto kazajo al norte del mar Caspio. Llevamos más de seis horas circulando por los caminos laterales, evitando la carretera principal, que ni bombardeada podría estar más destrozada


 


Así llegamos al pequeño pueblo de Sagiz sobre las ocho de la tarde. El sol está aún alto y no acabo de entender qué sucede. Seguramente el calor del desierto, el polvo, el estrés de conducir estando constantemente en alerta y los días de ruta ya están pasando factura. No quería que cayera el sol y que nos obligara a parar a dormir en medio de las desérticas estepas, pues se decía que esta zona es territorio de bandidos y no me apetece tener altercados en plena noche. Así que, a juzgar por la hora del reloj de la furgoneta, decidimos parar en el descampado al lado de un pequeño bar de carretera junto a un taller y un desguace, tras repostar en la gasolinera del pueblo.


 


Cansados, bajamos del coche y nos metemos en el bar. Nos sentamos en unas mesas de plástico que visten manteles plásticos con motivos florales, rodeadas de sillas rojas, blancas y amarillas publicitando varias marcas de refrescos bien conocidos. Estamos solos en la estancia y, a mis espaldas, una antigua televisión de pantalla encorvada recibe las distorsionadas ondas en blanco y negro de la televisión nacional mediante una pequeña antena. Nos pedimos unos refrescos y los engullimos, y volvemos a pedirlos. Marc sale afuera a llamar por teléfono y yo me quedo en el bar. Giro la cabeza para ver la televisión y es en ese momento cuando me doy cuenta de que son las seis y cuarto de la tarde. Por fin todo cuadra: el sol está donde tiene que estar y el reloj de la furgoneta marca las ocho, que son las horas que hace que nos la arreglaron en Atyrau. Así que aún queda un rato para que anochezca y poca cosa se puede hacer en este recóndito lugar del planeta más que consumir en el bar, leer o intentar comunicarse con los locales, cosa que se me antoja imposible a simple vista a juzgar por la barrera lingüística


 


La camarera, una chica de rasgos kazajos de unos treinta años, bajita y ligeramente entrada en carnes, espera en la barra tranquilamente a ver si quiero algo más. Yo sigo en silencio, intentando entender ni que sea un sólo fonema en ruso de la televisión, cosa que no consigo. En un momento entran tres chicos jóvenes dando guerra y piden unas cervezas. Miran por la sala, me ven, comentan algo y siguen a su aire. Se me pasa por la cabeza que ahora vendrán a sentarse conmigo y a darme la tabarra, pero no es así. Se quedan en la barra, aguantándola, y mirando a la chica. Deben estar tonteando los tres con ella porque no para de ruborizarse y hacer expresiones que soy capaz de entender porque el lenguaje corporal es universal. Cuando ya se han zampado dos cervezas, se van todos excepto uno de ellos, que pide otra y se queda aguantando la barra y dándole conversación


 


Valorando los cientos de kilómetros que separan este lugar habitado del siguiente, y valorando también el pésimo estado de las carreteras que nos han traído hasta aquí, me viene a la cabeza que aparejarse en Sagiz debe ser una faena. Sigo tirando del hilo y me imagino que por estos lares la endogamia está a la orden del día. Fíjate, si en ciertas zonas de mi país (y hablamos de zonas para nada aisladas) hay pueblos y regiones donde habitan comunidades que invitan a largarse a la otra punta del mundo antes que vivir en ellas, aquí debe ser lo mismo elevado a la enésima potencia. Y este chico está necesitado, porque acaba de pasar detrás de la barra y la está tocando, omitiendo que yo estoy sentado cara hacia ellos a escasos cinco metros y omitiendo que la madre de la chica está en la cocina, cuya puerta está abierta, a otros escasos cinco metros. La chica sonríe y el también, pero finalmente se retrae y le viene a decir algo así como que no es ni el momento y que, además, tendrá que currárselo un poco más. Debe ser de las pocas mujeres de por aquí, y dado el carácter de buitre del macho, debe incluso estar un poco cansada de cierto acoso aunque, por otro lado, parece que disfrute con la situación. El chico resiste un poco y ella sigue apartándolo sonriendo, pero finalmente se acaba la cerveza de un trago y se larga, un poco bruscamente. La chica mira al suelo, se peina y me mira. Hago como si nada y miro el móvil, por mirar algo. Hay cobertura. ¡Qué cosas! Parece que sea una prioridad hacer llegar la cobertura antes que las personas.


 


La madre de la chica sale de la cocina porque son las seis y media y empieza el serial de televisión. Se sienta en la mesa contigua a la mía, coge el mando y cambia de canal, sube el volumen denotando una sordera parcial y invita a su hija a callarse. Me encuentro sólo, agotando mi refresco, de espaldas al televisor, con una mujer de unos cincuenta largos duramente llevados, que no para de eructar y, además, de cuando en cuando escupe en un vaso. No es de mala educación eructar y escupir en estas culturas, además está en su casa. De repente he entrado a formar parte de la vida cotidiana de una familia kazaja de la desértica estepa del norte del mar Caspio. Así que ni corto ni perezoso, giro mi silla y me dispongo a ver el serial con ellas. La mujer me mira por un instante y pasa de mí. En los momentos críticos del guión, madre e hija comentan la jugada. Pese a que están hablando en ruso, soy capaz de seguir el guión porque este es bastante primitivo, como la producción de la serie en sí. Cuando llevo un rato metido en el trajín y me siento de la familia, entra Marc. Pagamos y salimos.


 


Le explico la anécdota de la hora y dice que ya se ha dado cuenta al mirar el móvil. Así que ahora son las siete menos cuarto (menuda factura le llegará) y estamos en un descampado al lado de un bar en el margen de una carretera esteparia. En el otro margen el pueblo, en el que a simple vista no vemos absolutamente nada más que casas particulares. La gasolinera un poco más allá, y luego, la inmensidad del desierto... Somos gente de culo inquieto, y la perspectiva de la inactividad y la imposibilidad de hacer nada más que esperar al día siguiente nos lleva a empezar a ajustar la ruta de los próximos días, por hacer algo. Así que sacamos el mapa y lo desplegamos encima del capó. Hecho esto, se nos acerca el dueño del taller o desguace, un hombre de unos cincuenta años, bajito, y risueño. Huele a alcohol, pero eso ya no nos sorprende a estas alturas y bien adentrados en los territorios ex-soviéticos. Nos adelantamos dándole la mano y presentándonos. El hombre sonríe y se presenta también. Nos pregunta de dónde somos y iniciamos la conversación habitual de Barcelona, Barça, fútbol, Ispania... Pasamos a explicarle como podemos que nuestro destino es Ulan Bator, apuntando en el mapa, y de alguna manera pasamos la siguiente hora “hablando”, teniendo como excusa buscar la mejor ruta. Es increíble como la voluntad de comunicarse puede hacer que nos pasemos una hora hablando sin ni siquiera entendernos más que por palabras sueltas, dibujos, gestos y movimientos. 


 


Aprendemos que los kazajos y los mongoles no se llevan bien; es más, se odian. Nos explica que, de joven, fue hacia Ulan Bator a través de Rusia, por Irkutsk y Ulan Ude (ruta que nos recomienda, pero que no pensamos hacer). Nos dice que las carreteras de su trozo de país son una porquería pero que, más hacia el este, la cosa mejora excepto algunos trozos que debemos evitar. Nos explica que le gusta el fútbol y nos lista a sus ídolos, muchos de ellos ya desfasados. A cambio, le explicamos de dónde venimos, a dónde vamos y poco más porque quien lleva la batuta en la conversación es él. Finalmente, aparece la patrulla de policía local y le llaman, seguramente para preguntarle si está todo en regla. Asiente y va a hablar con ellos. Nos acercamos a pedir permiso para pasar la noche al lado de su caravana y tanto la policía como él asienten sin dudarlo, con una sonrisa. 


 


Nuestro amigo mecánico se pasaría las siguientes cuatro horas hablando por teléfono móvil. La primera de esas llamadas tenía nombre femenino y nos dejó bien claro con un movimiento internacionalmente conocido que si la pillaba... De nuevo, me viene a la cabeza la idea de lo difícil que es echarse pareja o simplemente pasar una buena noche en este punto del mapa. Aquél hombre estuvo cuatro horas conectado con el otro mundo (aquello que hay más allá de su pueblo) gracias a que la cobertura telefónica era perfecta, por aquello ya comentado de que parece que es más importante que lleguen antes los bytes que no las personas. No obstante, esa es en parte su salvación, porque de esta manera puede saber qué ocurre más allá de las cercanas fronteras de su universo diario. Nosotros, en casa, tenemos todo muy al alcance. Disponemos de todos los bienes que queremos y podemos movernos en coche, tren, avión y nos plantamos donde sea. Aquí la cosa no funciona igual. Quizás los del Mongol Rally y algunos aventureros erráticos más somos de las pocas personas que pasamos por aquí al margen de sus conciudadanos, que son pocos también a juzgar por el muy escaso tráfico rodado que hemos visto.


 


Un enorme sol se esconde tras el horizonte y nos quedamos en silencio mirando el infinito y escuchando la nada a través de la voz de nuestro amigo hablando por teléfono. A las diez y media, se apaga la única farola del lugar y nos quedamos sumidos en la tenue luz que la luna casi llena nos aporta. Cuando finalmente cuelga el móvil y se retira a su caravana a dormir, nosotros hacemos lo mismo y mañana, de buena mañana, dejaremos este inhóspito lugar y con ello, a sus gentes y su realidad cotidiana. Nosotros, en cambio, proseguiremos nuestro camino a través de este olvidado oeste kazajo.

SECCIONES
Tamaño texto

© Copyright 2007 Todoparaviajar.com | Todos los derechos reservados | Términos y Condiciones de Uso | Políticas de privacidad

Producción de Contenidos Atagualpa Certifica.com