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19 de Febrero del 2012

Chefchaouen: el por qué de una curiosa ciudad azul en la que no habitan pitufos.





 


A 63,7 km al sur de Tétouan se encuentra Chefchaouen, un pueblito de montaña que a pesar de a simple vista parecer haber sido, junto a diversos cócteles ácidos, la inspiración de Pierre Culliford a la hora de crear a Gárgamel y las diminutas y miserables criaturas azules, es más bien una tierra que fue durante siglos considerada sagrada y donde desde su fundación en 1471 se prohibió por un largo tiempo la entrada a cualquier otro que no fuera parte de su población original (constituida por musulmanes y judíos). Por eso mismo y no porque la habiten pequeños seres diabólicos con gorros pompón y apodos algo sonsos, mantiene su aspecto medieval, incluyendo paredes, pisos, techos, calles, veredas y recovecos, celestes y azules.


Hacia allí fuimos y, como no podía ser de otra manera y muy por el contrario a lo que siempre recomiendo, llegamos de noche, sin un buen mapa, sin reserva, sin un lugar a dónde ir, sin ni la más puta idea de qué tan lejos quedaba la estación y con el pequeño aliciente de que esta vez ni siquiera parecía existir estación alguna. Estábamos al costado de una calle en el medio de la nada, y con sólo un par de rezagados de otro montón de lugareños que tan rápido como agarraron sus bolsos salieron disparados a sus casas en busca de algo de abrigo.


Obviamente, nadie en un bondi local hablaba español o inglés, así que quedamos en manos de ese impoluto francés parisino que me fluye como a tartamudo alcoholizado cada vez que lo necesito. Así nos enteramos de que estábamos en la no-estación central: última parada.


Camino a la plaza principal fueron muchos los que intentaron guiarnos, embaucarnos y, ante nuestras sendas negativas, enchufarnos algo de “hash baratito amigo, ven, prueba, ¿fuma?, ¿cuánto quiere, amigo?”. Chefchaouen está en medio de la montaña y son varios los pueblitos cercanos que a pesar de no practicar el decorado al “celestito cielo” se dedican a la producción de estupefacientes cuyo tráfico y contrabando, claro, repudiamos fervientemente desde TrancaroLa poR el muNdo. Justamente por eso, venimos directo al lugar de los hechos.


Pero no todo es droga y rockarollen por estos pagos. De hecho, nada más lejos que eso: lo que más abunda es el turismo-careta y todo lo que a él refiere (sacarle la mayor cantidad de plata posible) en un pueblito que imagino habrá sido, cuando no tan turístico, una gran escala en el itinerario de cualquier viajero en busca de un lugar tranquilo y acogedor para TrancaroLear. Hoy en día, sin embargo, no es mucho más que un montón de arquitectura celeste invadida por puestos callejeros, negocios y restaurantes, todo especialmente preparado, y como no me lo puedo imaginar en ningún otro lugar de Marruecos, para el turista excelso, ése que ni bien puede mete primera fila en el techo del city-tour-bus, cuando no un jeepcito 4×4 en busca de toda esa aventura que su sangre no tiene.


Por eso es que no puedo contar mucho de un lugar en el que la hermosura y las emociones son indirectamente proporcionales (?), caso contrario a lo que pasa con Jorge Rial, quien es feo y te dan ganas de cagarlo a trompadas.


Tan sólo destacar que después de recorrer de arriba a abajo la ciudad antigua un par de veces durante dos o tres días (es bastante chica, pudiéndosela atravesar de punta a punta en 10 o 15 minutos), terminé por confirmar mi sensación inicial: a pesar de no haberla conocido antes, Chefchaouen me hace acordar mucho a Purmamarca, pueblito del norte argentino del que me enamoré la primera vez que fui hace unos 12 años y que me impactó negativamente ver totalmente cambiado, en pos del turismo, sólo 4 años más tarde. Siento que éste también es un lugar hermoso y en donde debe haber pasado algo similar. Sin embargo, creo que es recomendable (aunque sea para echar un celeste vistazo) para cualquiera que ande por estas latitudes.


Y a pesar de nosotros encontrarnos por momentos algo desorientados en un lugar tan turístico, azulado y despitufizado, pasamos un buen rato, empezamos a comer buena comida, nos ofrecieron en vano mucha mercadería (telas, ropa, artesanías, pinturas y hash) y sacamos muchas fotos en las que predominan, más que nada y por sobre todas las cosas, el celestito cielo y lo invisible de la pituficidad.


 


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